Sin rumbo fijo

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jueves, 8 de octubre de 2015

“El Xipe descabezado”

cascabelesycampanas.blogspot.mx
Karina de Paz Reyes Díaz/cascabelesycampanas.blogspot.com

Ni me llamo Xipe, ni soy deidad. Soy Cutumbú, esclavo por ser de alma inmortal. Fui convertido en piedra y sometido a estar ataviado con la piel desprendida de un gobernante que traicionó al pueblo mexica.
Mi alma fue extraída de una chuparrosa e incrustada en un cuerpo labrado en piedra, enseguida del sacrificio del emperador que, al ser conquistado por la avaricia, fue castigado.



No pude evitarlo. Me cubrieron con su piel aún tibia, ensangrentada y gruesa. Lo único que logré fue también convertirla en piedra. Ahora que lo pienso, quizá eso es lo que querían que hiciera.
Por mandato divino me alejaron de la gran ciudad. A mamachi, 10 hombres robustos me llevaron lejos de Tenochtitlán, a territorio recién conquistado. Después de 102 lunas arribamos a Teayo, ciudad que había sido fundada por los toltecas, posteriormente habitada por los huastecos y despojada por nuestra gente.
Me dejaron en un cube, arrumbado, junto a los pocos dioses de ese pueblo que habían sobrevivido al exterminio, y aunque mi esencia de avaro les estimulaba desconfianza, no me encantaron.
Mientras yo buscaba entenderme con los ídolos huastecos, los mexicanos trabajaban en los nuevos dominios: continuaron el cultivo de algodón, calabaza, maíz, fríjol, cacahuate y quelites.
Si alguien enfermaba, aprovechaban las hierbas que aquí se dan por montones: chilacuaco, arcajuda, quebrache, estafiate…
Poco a poco de Tenochtitlán fueron llegando más artesanos, sacerdotes, orfebres, maestros, poetas, escultores, músicos, así como estrategas de batalla y jóvenes guerreros.
Justamente la inmensa cantidad de piedras que hay en la región les permitió a los mexicas revestir el principal templo de Teayo al estilo texcocano. Además, trazaron calzadas que conducían a los observatorios que establecieron en las puntas de los cerros más altos que rodeaban el lugar.
Solo las familias de la realeza mexica y los sacerdotes, habitaron edificios de piedras talladas, inmensas lajas, cal y arena. No por eso, los caceríos del resto eran insignificantes: estaban hechos con horcones de chijol, vigas de alzaprima, alfardas y fajillas de cedro, la cerca de volador amarrada con bejuco, techados de palma real tejida y piso boleado con tierra amarilla. Todo era signo de la riqueza natural del lugar.
Del templo principal escarbaron un túnel que llega hasta el cerro más puntiagudo, donde estaban los aposentos de la diosa Chinola, quien cuidaba los restos de los grandes señores mexicas que ahí morían.
Teayo se convirtió en una oculta ciudad y base militar mexica y desde ahí fueron atacados y conquistados los vecinos llamados totonacos.
Un día las chuparosas empezaron hacer barrunta: volaban por parvadas, como huyendo de un nahual. Fue el primer aviso. Después, llegó el mensajero y se inició la partida. Tenochtitlán era amenazada por hombres blancos y barbados, ¡necesitaban ayuda!
Todos iban por el camino con rumbo al corazón del imperio y solo uno se conducía en sentido contrario: era un hijo del rey avaro. Era también el único de la estirpe que no olvidó la forma y los motivos que llevaron al pueblo a ultimar a su padre; y como en esos tiempos el imperio se deshacía, aprovechó la revuelta para vengarlo. La única manera de hacerlo era destrozándome, porque atentar contra el rey era impensable.
Llegó, me buscó, me reconoció, lloró a su padre y me degolló con hojas de obsidiana. Nadie atestiguó la escena, irónicamente sanguinaria.



Hubo un silencio. Una ausencia. Enseguida, una mujer que huía despavorida me vio, tirado y en dos partes. Decidió llevarse mi cabeza, mientras mi cuerpo se quedó muy cerca del templo, hoy llamado Castillo de Teayo.
Los hombres y mujeres se fueron. Nadie pasó por Teayo durante muchas, muchísimas lunas.
Truenos, rayos, relámpagos, lluvias, pájaros, venados, tigres, tlacuaches, serpientes, entre otros animales, fueron durante mucho tiempo los únicos habitantes del lugar.
Las grandes ceibas, cedros, alzaprimas, zapotes, y una infinidad de árboles más, se cayeron de viejos, mientras otros crecieron en esa que se llamó la selva huasteca y que hoy tampoco existe.
Ese silencio terminó cuando llegó un grupo de personas, mitad blancos mitad apiñonados, a desmontar y repoblar la antigua ciudad mexica, establecida en pleno territorio huasteco. Andaban de cacería y un venado grande y brioso, sin querer o queriendo, los llevó hasta la pirámide, que por su magnitud fue llamado Castillo, Castillo de Teayo, porque la gente que lo encontró era de una hacienda cercana que a pesar del tiempo, así se llamaba.
El principal templo había resistido el abandono y nuevamente fue pisado por almas humanas que le arrancaron las hierbas y raíces que se le habían trenzado. En el adoratorio le colgaron tres campañas, símbolo de la religión impuesta y a su alrededor se construyó el nuevo caserío.
Algunos dioses poco a poco fueron descubiertos: toltecas, huastecos y, naturalmente mexicas.
Yo también fui descobijado de la tierra donde estaba, entre raíces, lombrices y tepalcates, pero sin cabeza. Por eso piensan que soy deidad, por haberme encontrado en las mismas condiciones que ellos: plasmado en piedra y sepultado.
A diferencia de los demás ídolos, fui encalado para simular la piel encimada que tengo cincelada, y que, a pesar del tiempo, irradia avaricia. Fui sometido, junto con los demás, a velar la cruz de los que nos conquistaron. Fue cuando me enteré de que lo habíamos perdido casi todo en aquella, la última guerra de que estuve enterado. Ni siquiera se habla y se viste igual que antes.
He sido testigo de cómo se han llevado varios dioses que alguna vez fueron venerados por pueblos enteros. La única que se resistió a salir de aquí fue la Chinola. Al menos eso vino a contar un hombre que ayudó a trasportarla hasta Tuxpan y supo que el barco en que iba hacia tierras lejanas se hundió mucho antes de llegar a su destino.

Hoy, sigo sometido a escuchar el repicar de las campañas que llaman a adorar a otros que no son nuestros dioses. ¡Ah, cómo extraño la sonoridad de los cascabeles huastecos, de los caracoles mexicas!
Hace poco tiempo una mujer encontró mi cabeza, ahí mismo, en el pueblo, aunque muy alejada del templo. Se la entregó a los hombres que nos custodian y ellos me la colocaron.
_Aquí traigo un antigüe que estaba en la esquina del solar. Fortino me va hacer un horno de tierra pa’ cocer pan ahora que viene Todos Santos y en la escarbada se lo encontró_dijo.




Ahora, además de la piel del rey avaro, cargo con una cabeza que fue cercenada por un hombre poseído por la venganza. Como soy un alma inmortal estoy esclavizado a vivir con esas dos amarguras.
He preguntado a los dioses qué pena estoy pagando. Es el día en que ninguno ha logrado responderme.

Fotos:
Escultura de Xipe-Totec (imagen tomada de la fototeca del INAH. Número de inventario 305030)

Un alma inmortal convertido en pieda (foto tomada en el Museo de Sitio de Castillo de Teayo)

Xipe con cabeza (foto tomada en el Museo de Sitio de Castillo de Teayo)  

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lunes, 5 de octubre de 2015

Túnel de la Revolución y la Cristiada descubierta en Coatepec

Francisco De Luna/
delnorteasur.blogspot
Coatepec, Ver.-Un túnel de la época de la Revolución Mexicana fue descubierto en la escuela primaria “José María Morelos y Pavón” del municipio de Coatepec. Además de la antigüedad lo interesante también radica en que éste pasadizo tiene ramificaciones que conducen a tres sitios del municipio y que en su momento funcionaron para escapar de las guerrillas.


De acuerdo con el director de este plantel educativo, Nicolás Díaz Contreras, el hallazgo ocurrió en 2014, sin embargo apenas se dio a conocer de manera pública y en exclusiva para Sin Rumbo Fijo.

A través de éste túnel se puede realizar el recorrido hacia la calle Zamora en la “Plaza Real”, la iglesia “Sagrado Corazón de Jesús” y finalmente hacia “El Cerro de las Culebras” que son las zonas donde enlaza.


El túnel se localizó durante los trabajos de construcción del domo de la cancha, justo cuando se hacía el colado y se colocaban las columnas, el peso del concreto provocó hundimiento del terreno.


“Fue así como abajo descubrieron que había una construcción de forma rústica y buscándole se dieron cuenta que se podía bajar a la cueva la cual conecta a tres partes de la ciudad”, declaró el director durante la entrevista en las profundidades de la bóveda.


Personal del Instituto de Antropología e Historia (INAH) llegó al sitio para supervisarlo y determinó que pertenece a 1910, aunque también tuvo un segundo uso entre 1926 y 1929 durante la llamada “Guerra Cristera”.


Lo que el director de esta primaria lamenta es que la bóveda fue sellada con material de concreto y por lo tanto el público no puede tener acceso a este lugar histórico que tuvo dos etapas durante los movimientos sociales y que funcionó como refugio y escape.


Los antropólogos realizarán las investigaciones para detallar con mayor certeza cuántos años tiene este túnel, aunque no estima que se den a conocer más datos sobre el hallazgo, en el cual tampoco se permite la entrada de los alumnos.


Para poder entrar es necesario bajar por 14 escalinatas muy reducidas, agacharse para lograr entrar; al interior se puede observar el concreto que tapa la entrada hacia el pasadizo y unas figuras pequeñas que asemejan a una pirámide.



martes, 25 de agosto de 2015

FIESTAS DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL EN ZOZOCOLCO,VERACRUZ

Durante los últimos días de septiembre San Miguel Arcángel es honrado en Zozocolco entre danzas ancestrales y una gran fiesta que tienes que vivir.
 
San Miguel ha sido objeto de devoción en diversas comunidades, sus atributos lo han convertido en uno de los arcángeles más venerados por la comunidades católicas, una de éstas es la de Zozocolco de Hidalgo, en el estado de Veracruz.

Sin duda la imagen de San Miguel Arcángel enaltece el templo del mismo nombre, en donde los franciscanos fincaron la fe católica y donde los totonacas la conjugaron con su espíritu prehispánico para crear un sincretismo lleno de misterio. Entre bailes y desfiles se recibe la víspera de la celebración, para con Las Mañanitas homenajear al santo patrón, al que los mayordomos gustosos le brindan la Primera Cera, como un sentimiento de la fe cristiana, bellamente adornada con flores y papeles de colores. El cerero le imprime su imaginación y entrega a cada cirio que simboliza la alegría y devoción desmedida hacia esta imagen.
Cuando comienza la fiesta, los adoradores nocturnos se preparan para vigilar a San Miguel Arcángel hasta la mañana del 29 de septiembre, cuando todo el pueblo sale de aquellas casas, vestigios de la tradición vainillera, para ser testigos una vez más del rito de los kgosnin, palabra totonaca que significa voladores, en la que el tambor y la flauta del caporal sobre el árbol de la fecundidad anuncia el vuelo de los muertos que dejan por un momento el paraíso para morar unos días en la tierra.



El santo que se quiso quedar

Un cronista del pueblo, conocedor de las leyendas e historias deZozocolco, nos contó un relato envuelve a este personaje: "Cuando llegaron los misioneros franciscanos a este lugar en el siglo XVII, construyeron la iglesia en la que un día apareció la imagen de San Miguel Arcángel, una joya artística forjada en oro y plata. Las comunidades vecinas la robaron y se la llevaron a la iglesia de Anayal, pero la imagen regresaba aquí, esta situación se dio varias veces, hasta que se convencieron que la imagen quería estar aquí en Zozocolco".

Entre bailes y desfiles se recibe la víspera de la celebración, para con Las Mañanitas homenajear al santo patrón, al que los mayordomos gustosos le brindan la Primera Cera, como un sentimiento de la fe cristiana, bellamente adornada con flores y papeles de colores. El cerero le imprime su imaginación y entrega a cada cirio que simboliza la alegría y devoción desmedida hacia esta imagen.

Cuando comienza la fiesta, los adoradores nocturnos se preparan para vigilar a San Miguel Arcángel hasta la mañana del 29 de septiembre, cuando todo el pueblo sale de aquellas casas, vestigios de la tradición vainillera, para ser testigos una vez más del rito de los kgosnin, palabra totonaca que significa voladores, en la que el tambor y la flauta del caporal sobre el árbol de la fecundidad anuncia el vuelo de los muertos que dejan por un momento el paraíso para morar unos días en la tierra.

Escenario de danzas

Es ahí cuando la magia y el colorido invaden a Zozocolco de Hidalgo, tierra de los cántaros de barro, en su acepción náhuatl. En el atrio sus ornamentadas torres son el escenario de las danzas de los santiagueros con su cascabeleo metálico, de los negritos con su rítmico zapateado, la cacería de los ixkuti, el resplandor de losquetzales, los san miguelitos y los mestizos. La identidad de este pueblo aparece en la plaza, ya sea en la artesanía de madera diseñada para las danzas o en la vestimenta totonaca con el quesquémetl finamente trabajados por las manos de los totonacas. La celebración continúa, se dan cita los toreadores, los tejoneros, la música de banda y la misa de la Segunda Cera. En la torna fiesta y días posteriores, el pueblo asiste a la ceremonia en la que los mayordomos ofrecen las ceras a San Miguel Arcángel, así hasta concluir la fiesta el 3 de octubre.

Un poco de Zozocolco

Situado a 70 kilómetros de Papantla. Pertenece a la región totonaca del estado de Veracruz. Al norte limita con Nautla, al este con el Golfo de México, al sur con Juchique de Ferrer y Alto Lucero y al oeste con Misantla. Su territorio está bañado por las aguas del río Tehuantepec y arroyos del río Tecolutla. Entre la fauna de la región es posible encontrar varios animales silvestres asi como cascadas y pozas con agua color esmeralda

Cómo llegar

De Papantla, toma la carretera federal 130 con dirección al poblado de El Chote; de ahí toma el camino pavimentado rumbo a Espinal, pasando encontrarás una desviación y toma la carretera que va aCoxquihui. A unos kilómetros está Zozocolco de Hidalgo. Es necesario que tomes precauciones, pues la mitad del camino es de terracería.

lunes, 17 de agosto de 2015

Pozas y cascadas; las entrañas de Zozocolco

Francisco De Luna


Zozocolco, Ver.-Su significado es lírico. Está inspirado en la artesanía y en uno de los principales elementos de la cultura indígena. Zozocolco: “Lugar de los cántaros del sol”. Y no es para más cuando este municipio totonaco, está rodeado de incontables pozas con aguas cristalinas, frías y profundas.

Aquí los nombres de las pozas van desde los comunes como “La Junta”, hasta aquellos que pueden causar un poco de temor y no querer nadar en “La poza del diablo”; aunque hay otros más románticos como “El callejón”.

Pero para los lugareños uno de los sitios más bellos es al que nombran como “El caliche”, un sitio rocoso, de paredes extrañas y rasposas que durante milenios han formado caprichosos pasadizos.



Se trata de una roca que mide más de diez metros, pero que a su vez une a los cerros por donde escurren las frescas aguas. Abajo se ha formado una especie de arco y túnel para dar paso al arroyo, aunque justo debajo de El caliche, una poza extensa, con profundidad y agua verde color esmeralda asombra a la vista, la cual no espera e invita a ser fotografiada.

Aquí es momento de guardar la cámara, quedarse quietos, sentir la frescura, escuchar el trinar de las aves, poner atención al suelo mojado, a las rocas resbalosas y admirar la hermosura en un espacio que de pronto no se sabe si es extenso, porque las imágenes son constantes y los ojos no se dan abasto.

Estás en un lugar de vegetación excesiva. Arriba se notan las raíces que cuelgan de algunos árboles longevos, esos que se aferran a la tierra como ahora a nuestros recuerdos. Ahí apenas unos rayos del sol pueden penetrar y tocar las aguas. Hay una claridad como queriéndose perder en el limbo de la oscuridad.

El túnel milenario

En El caliche pareciera que nada es serio, aunque la naturaleza no juega a engañar. En los paredones que están por quedar unidos y formar una caverna, sobresalen figuras proyectadas por la imaginación. Se puede observar un rostro cadavérico, algún felino, siluetas que asemejan alguna deidad prehispánica.

Lo cierto es que en el arroyo grandes extensiones de paredes formadas por piedras recorren entre bejucos, hierbas, manantiales y humedad, para terminar en pozas, cascadas y pequeñas caídas de agua.

Esta naturaleza está en la ranchería Tahuaxni, nombre en totonaco que significa “escarbado”, pues  de acuerdo a la historia de la localidad, una plaga de chapulines cubrió esas tierras y la única manera de acabar con ello, era enterrándolos.

Para llegar a El caliche, anticipamos que es necesario contar con un buen calzado, de preferencia botas, porque los caminos son casi intransitables, hay que abrirse paso entre la vegetación y sujetándose de troncos y raíces salientes o de lo contrario caerán al vacío.

Se trata de un túnel milenario. Para atravesarlo se requiere de mucha astucia y nada de miedo al agua porque la poza es demasiado profunda y unos cinco metros de largo pero oscuro en su trayecto.

 Los esfuerzos al recorrer este pequeño “paraíso” bien valen las caídas, resbalones, el temor  y adrenalina que se llega a sentir entre esas casi desoladas veredas, pues en el paso apenas se observan seis chozas metidas entre la vegetación.


Cada paso es asombroso, más aún en el arroyo donde a la vuelta hay cascadas, pozas profundas y otras no tanto para meter los pies, lavarse la cara o el pelo para saciar el cansancio rural.

Tan cristalinas están las aguas que se puede admirar a las acamayas, los peces y tortugas que se esconden entre las rocas. Y cuando los parroquianos acuden a pescar, se avientan los clavados, se les ve nadar en el fondo y sacar algunas especies porque son parte del platillo que cenarán luego de una intensa jornada en la milpa.

Se trata de sitios mágicos que se descubren al caminar en las entrañas de Zozocolco, municipio ubicado en la zona norte del estado de Veracruz. Una región totonaca que se extiende en las montañas.

Pisar estos terrenos también es cansancio, pero en ellos se deja el estrés citadino. Aquí las postales aparecen en cada espacio: en el monte, en las aguas o callejones empedrados de “Los cántaros del sol”.


lunes, 29 de junio de 2015

La fortaleza de las almas milenarias en Quiahuiztlán

Francisco De Luna

Xalapa, Ver.-Allá donde el mar se une con las montañas y donde descansan las almas milenarias, ahí se ubica la zona arqueológica Quihuaiztlán.  En estas alturas el viento sacude la vegetación que como un guardián abraza a la ciudad prehispánica.

El asentamiento ancestral tiene un significado lírico y proviene de la palabra náhuatl, “Lugar de la lluvia”. Es como un terreno romántico y no es para menos, pues sus habitantes tenían el privilegio de mirar las aguas del Golfo de México.

Se trata de una ciudad cementerio, y es una fortaleza por estar entre grandes peñascos y altas cuestas soportadas por muros defensivos edificados a finales del periodo Clásico tardío en el 800 Después de Cristo.

El sitio arqueológico que habitaron los totonacos está asentado en Villa Rica, municipio de Actopan, Veracruz, lugar que también fue la puerta de entrada para la conquista de México.



Pedro López Jiménez, custodio del asentamiento prehispánico, nos contó de la ciudad sagrada y de las pirámides atrapadas por las raíces de los árboles, escenas que hacen pensar que se trata de la naturaleza que no quiere dejar escapar toda la historia.
Hasta la fecha se han localizado 78 tumbas, distribuidas en tres cementerios, juegos de pelota, seis áreas delimitadas de manera natural y artificial mediante cantiles y muros defensivos.

El mayor número de piezas localizadas han sido metates, por eso a la peña que sobre sale imponente desde la carretera también se le conoce como el “Cerro de los metates”.

El custodio, cuenta que en estos sepulcros fueron localizadas sólo algunas extremidades “ningún cuerpo estaba completo”, lo que hace aún más interesante el recorrido en el Lugar de la lluvia.
Sólo había, cráneos, piernas o brazos acompañados por ofrendas, lo que también significa que hubo rituales durante los entierros.

La zona arqueológica de Quiahuiztlán, es un punto estratégico para entender la ruta de los españoles; son tierras que pisó Hernán Cortés, en donde fue apoyado por los totonacos para iniciar la conquista de México.

Aquí se registró la gestión religiosa, los cementerios y era un espacio dividido con la élite y el resto de sus habitantes vivían en partes medias y bajas. Su auge tuvo lugar en el periodo Clásico y hasta la llegada de los españoles en 1519.

En Quiahuiztlán hay quietud, pero su historia habla. Las pirámides y las tumbas que miran imponentes las aguas del mar hacen sentir la carga espiritual y las almas de quienes alguna vez habitaron este sitio milenario.